Gracias Santiago

Santiago no es una ciudad especialmente bonita. Al llegar uno siente estar en terreno desconocido, nuevo. Pero los ojos y la mente pronto se acostumbran a estas señales de inquietud  y estas se van confundiendo y finalmente se diluyen en el paisaje cotidiano, y así, la ciudad te va engullendo en su anónima habitabilidad. Y uno se encuentra cómodo y con espíritu nómada la adopta como su casa por unos días. Y la disfruta, y la pasea y  repasea y la conoce y se emociona, le habla, le escucha y oye sus gritos descarnados provenientes desde mil rincones de su memoria y se estremece y se sienta en una banca y la contempla pasar y la observa por delante y por detrás…

Y así hasta que una mañana, como saliendo de la boca del subway, la ciudad se le aparece transformada en la mina más linda y le recibe con una sonrisa ancha e ilusionada. Y uno siente que le gusta harto y que lo atrapa, que Santiago puede enamorarle.

Un rincón de la memoria.

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